24 diciembre 2009

El post obligatorio



¡Que coman algo rico esta noche!

El último post del año se viene el lunes.

13 diciembre 2009

Amor al arte


Como algunos saben, no me gusta meter videos en un blog, pero voy a hacer una excepción para un video que me sigue llamando la atención y me dan ganas de verlo bastante seguido.

Con ustedes: "La complejidad de todo esto"



Afanado de este muy recomendable blog: Mirá  Mamá

10 diciembre 2009

Vestir




No hay nada como despertarte

Y verla caminando por la casa

Usando solo tu camisa

05 diciembre 2009

Sin Título/4


Como siempre, no es necesario que hayan leído las partes anteriores, pero están invitados a hacerlo (link)









Estaba en el mar. El cielo estaba despejado, el sol destrozaba la vista. Lo estaba mirando directamente. No sentía ningún sonido aparte del murmullo de la marea. Estaba flotando en el agua. Hasta que el agua empezó a espesarse, a hacerse cada vez más pesada. A lo lejos se empezó a sentir un ruido hueco, mecánico. El agua tenía ahora la misma consistencia que la saliva. Empecé a hundirme en ella. Se me hundieron primero las piernas, y luego el pecho. Luchaba por mantener la cabeza fuera, por que el aire siguiera entrando. El ruido se sentía cada vez más fuerte, aturdiendo los demás sentidos, abarcándolo todo. Lo que una vez fue agua era ahora una gelatina en la que inevitablemente me hundía. Intentaba respirar, pero ya no entraba aire. El ruido seguía, hasta que pude identificar qué era.
Abrí los ojos. Estaba en mi cuarto. Sonaba el timbre.


-Buenas, ¿qué haces?, ¿recién te estás despertando? -era Martino. Venía con una cerveza en la mano.
-¿Qué hora es? -pregunté mientras me rascaba la cabeza.
-Son las siete de la tarde. Del martes. De agosto.
-Siempre tan chistoso.
-Hago lo que puedo -dijo.
Pasó a la cocina y sirvió la cerveza en los dos últimos vasos que quedaban limpios. Me dio un vaso y se fue para el balcón. Agarré la caja de cigarros, el encendedor, y lo seguí.
-La cerveza con el estómago vacío me va a sentar mal -dije.
-Qué más remedio -dijo Martino chocando su vaso contra el mío. Tomó. Tomé.
-¿Qué hiciste el fin de semana? Te busqué en la cueva, llamé a tu familia, no estabas en ningún lado.
-Me fui a la Gran Ciudad.
-¿En serio? ¿qué carajo fuiste a hacer allá?
-Fui a llevarle unos equipos al Ruso, me pagó los boletos y todo. El viernes tocaba en un local del centro, y el sábado nos dedicamos a ir de bar en bar hasta que amaneció. Lo de siempre.
-¿Y cómo anda el Ruso? -pregunté.
-Bien, tocando el bajo en tres o cuatro bandas, haciendo de sesionista en algunos discos, sobreviviendo.
-Viviendo de su arte, digamos.
-Digamos.


La cerveza, tal como predije, empezó a caerme mal. Me solté de la baranda y el piso empezó a moverse lentamente hacia atrás y adelante. El estómago empezó a crujir. Fui a la cocina y tomé un paquete de galletas. Estaban un poco blandas, pero eran comibles todavía. Cumplirían su función.


-Vino Vicko ayer -comenté como al pasar.
-Vicko, Vicko...¡ah, si, la pelirroja! -dijo Martino emocionado. -¿Y a qué vino?
-A conversar, supongo...
-Vamos, hombre, una mujer que no te ve hace dos años no aparece de repente porque tiene una necesidad urgente de verte.
-Bueno, digamos que pasó algo...
-...¿algo?, ¿algo qué?, ¿algo como qué?
-Tuvimos sexo, según sus propias palabras.
-¡Suertudo! -dijo Martino, y se rió.
-...no sé, fue algo más mecánico que interesante.
-¿qué decís? ¿no lo hace bien la muchacha?
-No es eso, es que... no sentí nada. Estaba entumecido.
-Estarías borracho.
-Curiosamente, no.
-Ah...


Nos quedamos fumando en silencio. Me preguntó si iba a escribirle. No lo había pensado. Le dije que no sabía qué hacer. Noches como la anterior son cosas que se dan pocas veces en la vida. O ninguna.


-¿Cuándo tengo que ayudarte a mover estos trastos? -preguntó Martino.
-Mañana voy a buscar la llave...supongo que el fin de semana podremos mudar todo.
-Bien, el viernes vengo con el auto.


Martino se fue. Quedé mirando hacia la calle, fumando el último cigarro de la caja. Tendría que bajar a hacer compras en el mercado. Comida suficiente para los últimos tres días en aquel apartamento. Y más cigarros. Y posiblemente vino, si estaba de humor.
El mareo hizo el bajar en un ascensor una experiencia bastante desagradable. Sentí nauseas, pero me pude recomponer apenas el aire frío de la calle me golpeó en la cara.
En el mercado hice las compras desordenadamente. Caminaba entre las góndolas como si buscara algo que no podía encontrar. A medida que recordaba lo que necesitaba, iba para allá o para acá. Pasé un buen rato antes de tener todo lo necesario. Por un momento pensé que estaba perdido en un laberinto con la salida bien escondida. Era una rata dejándome llevar por los estímulos sensoriales que alguien igual que yo había diseñado para atraerme. Sentí la necesidad de ver qué hora era, de ubicarme en tiempo y espacio. Alguien pasó y me chocó sin querer. Pidió perdón y siguió su camino. Me di cuenta que hace rato que estaba parado en el mismo lugar sin moverme. Fui a la caja, pagué, y volví al apartamento.


Me puse a ordenar las cosas en la heladera, y decidí que esa noche me iba a tratar bien: me bañé y me afeité. Mi cara estaba pálida debajo de la espesa barba. Me quité unos años de encima. Fui a la cocina y me puse a hacer un tuco. Puse Green Day en el equipo y desafiné a todo pulmón. El vecino de abajo golpeaba el techo con el bastón para que bajara el volumen, y yo lo aumentaba un poco más cada vez que lo hacía. Por experiencia, podría hacer ruido más o menos una hora antes de que llamara a la policía.
Mientras se cocían los espaguetis, tendí la mesa. Un plato, un vaso, una copa. Apagué el equipo y me dispuse a comer en silencio. La comida caliente me cayó como un abrigo al cuerpo, el agua la sentí fría al punto justo, y el vino era vagamente dulce. Estaba solo, pero no en soledad.


Después de comer, prendí un cigarro y me tiré en el sillón a leer un libro que todavía no había empezado. Lo abrí por el medio y lo olí. Sentí ese olor único de la mezcla de papel y tinta. Fui a la primer hoja y me dispuse a leer. En ese momento, y por un instante, la vida me pareció algo bastante sencillo.